La incompetencia desleal

Así como frecuentemente nos encontramos con personas que pronuncian la palabra amor cuando quieren decir sexo, a menudo también nos topamos con una clase muy especial de sujetos que gustan de exaltar elevadas manifestaciones de “competencia leal”, justo allí, en ese como irrespirable muladar, donde nuestro sentido común sólo atina a identificar aborrecibles ejemplos de incompetencia desleal.

No deja de resultar curiosa la pirueta filosófica y conceptual que le permite al envilecido luchador de pancracio presentarse en la liza de combate vistiendo los respetables atavíos del samurai. Toda una operación de alquimia ideológica que busca emparentar las maquinaciones de seres mediocres e inseguros -adictos a las victorias, aunque ellas hayan sido obtenidas sin honor- con la noble tradición de los valores liberales.

Paladines del cambio -siempre y cuando sea gatopardiano-, los guerreros de la gerencia moderna, “cada vez más global y competitiva”, no vacilan en airear su grito de guerra: ¡Más importante que vencer es hacer que el otro pierda! Sin embargo, la hilera de triunfos alcanzados a cualquier precio convierte a estos “competidores genéticos y ontológicos” en los arquitectos de facto de una intrincada y tupida red de tuberías que desemboca, casi siempre con su anuencia, en los fétidos espacios de un pozo séptico.

Sabido es que el bizarro mundo de los ángeles perversos funciona como una suerte de Ouija al revés, ya que en sus sesiones todos los jugadores reciben a espíritus distintos a los inicialmente convocados. Así, observamos como los sedicentes partidarios de la apertura y la libre competencia invocan a la famosa mano invisible del mercado para que les sirva de sustento a su avasallante andar estratégico, pero en la práctica terminan bien apañados con la mano peluda del amiguismo y la escogencia a dedo. En otras ocasiones, llaman con religioso fervor a los ilustres manes de la división del trabajo, pero acaban haciendo buenas migas con el maquiavélico paradigma de la división en el trabajo. Y es que, aunque se definan como profesionales de elevada autoestima, devotos seguidores del “laissez faire”, “laissez passer”, lo único cierto es que estos militantes de la incompetencia desleal están convencidos de que la clave del éxito radica en no dejar hacer y en no dejar pasar.

Es fácil elaborar el retrato hablado de un incompetente desleal. Seguramente, en estos momentos, habrá más de uno a su lado. De hecho es ese penoso individuo que carece de vida privada, y a ratos semeja una pieza más del mobiliario de la oficina. No desaprovecha ninguna oportunidad para declararse adicto al trabajo; sin embargo, casi nadie lo ha visto colocar sus proletarias posaderas en la silla del escritorio. La excusa siempre es la misma: el homicida cronograma de reuniones que abarca por entero su jornada laboral.

Luego uno se pregunta: ¿Pero, en estos tales encuentros de negocios, qué informes puede presentar un sujeto que nunca para en su oficina, salvo para chatear y enviar emoticones a diestra y siniestra? Y la respuesta es muy sencilla: pues los documentos redactados por su “valioso” equipo de subordinados; una recua magistralmente domesticada a punta de “inteligencia” (entendida ésta en su acepción militar de sapeo y vigilancia), guerra psicológica y un oportuno sistema de premios y castigos.

Lo demás es fácil: gerencia de pasillo (o también llamada “cultivo de redes informales”) y modelaje gerencial (fenómeno social más relacionado con la pasarela de Cibeles y Milán, que con los abstrusos conceptos de la psicología conductista). Llegados a este punto, no nos queda más que concluir, con el francés Paul Masson, que “los funcionarios son como los libros de una biblioteca: los que están en los lugares más altos son los que menos sirven”.


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