Hoy no me puedo levantar

“Buenos días, jefe, soy Martínez, me encuentro fatal, no he dormido nada y he estado toda la noche vomitando…”. “No se preocupe, Martínez, tómese el día libre”. También es muy socorrida la excusa del familiar enfermo, aunque empieza a no funcionar, porque es usada con tanta frecuencia que uno no se explica cómo el dichoso familiar aún está vivo con tanto achaque.

Hay quienes han matado al mismo pariente más de una vez, a otros se les inunda la casa tres veces al mes, muchos no encuentran su automóvil y a otros se les estropea la cerradura de la puerta de su casa cada dos por tres. En Estados Unidos son muy socorridas las mascotas (“se me enfermó el pez y tuve que llevarlo al veterinario” o “mi gato está muy deprimido y estoy esperando al psicólogo gatuno”) hasta el punto de que una de cada cinco empresas americanas ya permiten que el empleado vaya a trabajar con el perrito. A mí me encanta la excusa de que “no tengo ganas de ir a trabajar” –aunque sólo vale si eres tu propio jefe y se lo dices al espejo–, y sueño con decir aquello de “no pienso ir porque me tocó la lotería”.

Ya les hubiera gustado a los de Société Générale que Jèrôme Kerviel hubiera sido un absentista profesional y no hubiera tocado el ordenador. Incluso habrían tragado con que se le enfermó el pez de catarro, y que se le perdieron las llaves del coche cuando iba a buscar al cerrajero, mientras se recuperaba de una tremenda borrachera. La picaresca está muy arraigada en la cultura popular de muchos países, aunque España se lleva la palma en absentismo laboral . Los empleados españoles faltan a su trabajo un 5% del tiempo que establece su contrato laboral, lo que supone para las empresas un coste de 2.000 millones de euros, de los que 700 millones corresponden a bajas fraudulentas (ausencias injustificadas).

La brisa del mar, por ejemplo, debe ser malísima para la salud porque las Islas Canarias y Andalucía son las comunidades líderes en absentismo laboral. Los funcionarios tienen muy mala fama y superan en un 30% la media nacional de absentismo. Para ponerle freno, el Ministerio de Justicia llegó a firmar un acuerdo con los sindicatos por el que se abonan 47 euros al mes a los funcionarios que falten un máximo de cuatro días al semestre, y 29 euros a los que se ausenten entre cinco y ocho días. A los empresarios les parece una obscenidad tener que pagar para que la gente acuda al lugar de trabajo. Curiosamente, el absentismo entre los ciudadanos españoles es más alto que entre los empleados inmigrantes, pero cuando los foráneos adquieren cierta antigüedad en la empresa, igualan los niveles de los trabajadores nativos.

Eso es capacidad de adaptación. Se trata de una práctica tan enraizada en la sociedad que incluso vemos como normal que el Congreso de los Diputados esté semivacío continuamente. Pero no sólo de holgazanería vive el absentista. Los hay que necesitan pluriemplearse para pagar la hipoteca, otros no se sienten motivados en su empresa, algunos están mal pagados y otros se sienten frustrados por no haberse cumplido las expectativas de desarrollo que en su día les prometió el empresario. Los hay también -y es comprensible- que no pueden vivir sin ver el partido del Real Madrid, o los que necesitan descansar los lunes tras la juerga del fin de semana. Está creciendo mucho el absentismo entre jóvenes que viven en casa de sus padres, por su mayor valoración del ocio y del tiempo libre, y porque no se sienten obligados a trabajar para mantener a una familia.

El fraude también aumenta cuando los contratos temporales pasan a ser fijos, o cuando un trabajador sabe que su contrato va a expirar; se coge una baja y así alarga su prestación económica. Patronal y sindicatos coinciden en identificar el absentismo como una de las principales causas de pérdida de competitividad de las empresas españolas, aunque sus recetas son bien distintas. Mientras los empresarios abogan porque haya un mayor control, los sindicatos consideran que primero hay que mejorar la organización del trabajo. En diez días llega la Eurocopa y hay que irse preparando. Pero atención a los detectives contratados por las empresas. Si nos inventamos una lumbalgia, nos pueden pillar con nuestros hijos en brazos, y si alegamos tortícolis, no podremos jugar al tenis.

Lo mejor es un estrés o una falsa depresión, acompañada de un poco de talento interpretativo. Si no nos atrevemos a tanto, también podemos practicar el absentismo presencial llevándonos un pequeño televisor a la oficina. Aunque difícilmente llegaremos al nivel del funcionario japonés que ha sido despedido por dedicarse en el trabajo a ver sitios pornográficos en Internet más de 780.000 veces en nueve meses. Está claro que al pobre japonés le faltaba motivación.

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