Creer para ver



Del mismo modo que la naturaleza y la sociedad, el talento humano es redundante, capaz de expresarse de muchas maneras y de encontrar diversas soluciones para un mismo problema. Esa es la base del optimismo histórico y la premisa para creer que, a pesar de sí misma, la humanidad prevalecerá.

El hombre es la única criatura dotada del raciocinio necesario para crear, amar y lamentablemente también para odiar; un ser que al tener certeza de lo efímero de su existencia, la disfruta, lucha por vivirla con calidad, se esfuerza por alargarla aunque, paradójicamente, es capaz de sacrificarla por causas inútiles, en querellas estériles y en guerras injustas.

A pesar de que, tanto en la explicación del Génesis como en la de Darwin, los hombres provienen de un tronco común y son genéticamente homogéneos, por razones conocidas y también distorsionadas, la humanidad ha llegado a caracterizarse, más que por cualquier otro rasgo, por lo desigual de su desarrollo.

La asimetría no se relaciona con las diferencias derivadas de las razas, las lenguas o las culturas, que aportan una diversidad magnifica, que no estorba al desarrollo o la convivencia, sino a las injusticias gestadas en el devenir social.

En términos de civilización, cultura material y espiritual, calidad de la existencia, consumo y confort, entre unos pueblos y otros existen abismos que hacen imposibles las comparaciones y alejan las palabras para describir la suma de injusticias y canalladas que las han provocado.

Si hubiera que mencionar tres de estas maculas que deberían avergonzar a la especie, nadie dejaría fuera a la conquista de América, la destrucción de las culturas autóctonas, el exterminio, la esclavización y la exclusión de los pueblos originarios y la balcanización que dio lugar a las oligarquías y a las pseudo republicas.

Tampoco nadie olvidaría la colonización de Africa y la trata de esclavos, la más grande y sostenida agresión y el más cruel de los genocidios y probablemente se incluirían las Cruzadas, la primera empresa colonial a escala del sistema que entonces pugnaba por debutar y tenía su centro en Europa.

El realismo aconseja atenerse a los hechos. Ninguna reacción emocionada, crítica calificada o argumento válido, cambiará realidades que se gestaron siglos y milenios atrás y que provocaron que haya hoy pueblos inmensamente ricos y otros profundamente miserables, letrados e ignorantes, ahítos y hambrientos, sanos y enfermos, felices y desdichados, libres y oprimidos.

Aunque es casi como absolver a Satanás, admitamos que tales canalladas, puedan exonerarse con el argumento de que los hombres de épocas pretéritas carecían de los conocimientos, la cultura y la sensibilidad de que disponen los de hoy. En ese caso, el argumento sería válido para reclamar de aquellos pueblos que fueron más afortunados y progresaron más y de sus líderes, generosidad y altura para mirar compasivamente a sus congéneres y ayudarlos a elevarse hasta donde ellos se encuentran.

Mas no ocurre así. ¿Quién es para los pueblos ricos del norte y sus gobiernos el prójimo? ¿Por qué los lideres de los países desarrollados, todos cristianos instruidos y cultos que disponen de fabulosos volúmenes de información y son asesorados por mentes privilegiadas, no actúan en consecuencia con las realidades y con su fe?

Por qué hombres y mujeres capaces de sollozar ante el virtuosismo con que vibran las cuerdas de un violín y conmoverse hasta las lágrimas por la suerte de la ballena Willy, son indiferentes al drama de la infancia en los países pobres, no se revelan ante el racismo, ni critican la pobreza.

Los gobernantes de los pueblos ricos del mundo occidental ni de aquellos países del Tercer Mundo que han alcanzado un cierto status, no sienten ninguna presión que provenga de sus naciones para cambiar la actitud antes la pobreza y la miseria.

Lamentablemente, muchas veces ocurre lo contrario. Los norteamericanos reeligen a Bush, en Europa se abre paso la derecha y el conservadurismo y en América Latina hay gobiernos, parlamentos y líderes presumiblemente progresistas que se prestan a maniobras contra la Venezuela Bolivariana, son indiferentes a la reacción de las oligarquía boliviana t se dejan impresionar por los pataleos de la ecuatoriana.

Nada de eso desmiente ni otras muchas decepciones, desmiente la capacidad humana de persistir y creer que seguramente, también de modo desigual, cada pueblo encontrará los caminos y los modos de hacerse justicia.

Creamos que si, que se puede.


Por: Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)
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